Les presentamos un resumen de los trabajos recibidos.
1 junio, 2021
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15 junio, 2021

Las hadas y otros seres de cuidado

“Cuando entrevistaba a los testigos de contactos o abducciones, unos me decían que los causantes eran hadas, otros que eran duendes, algunos que eran enanos y otros, que eran muy altos, casi gigantes. Los más aseguraban que estos seres vivían bajo tierra u otros, que eran extraterrestres que habitaban las estrellas. Al final me cansé de tanto caos descriptivo por lo que llamé al objetivo de mis investigaciones: “Los Enanos Gigantes Hadas Extraterrestres”, y todos conformes”.

Camile de Santallala, “Bajo las Piedras existen unos enanos muy Altos”.

Hace un par de meses concluí mi novela (Parte 1), “Las hadas y otros seres de cuidado”, y por eso decidí ponerle ese título a este post, ya que toco el tema de “las hadas”, el que me interesa desde hace ya un largo tiempo. Y eso surgió cuando leí por primera vez a Arthur Machen y escribí un relato llamado “De flautistas, gatos y pecado”, publicado en 1987 en el fanzine Vórtice Nº 6 de Argentina. Allí, de forma muy tosca, intentaba dar una vuelta de tuerca al concepto del pecado que Arthur Machen plantea de forma peculiar en El Pueblo Blanco —y aquí algunos entenderán el por qué de que mi sección se llame “El Pueblo Gris”—.

Ya desde esos tiempos me inquietaba el mito de las hadas y el motivo de que tantos miles de personas en diferentes partes del globo creen en su existencia, o en las dramáticas consecuencias de cruzarse en su camino.

Robert Kirk en su libro “La comunidad secreta de los elfos, los faunos y las hadas”, afirmaba que las hadas existen. Robert Kirk era un ministro de la iglesia, erudito y folclorista gaélico, por lo que sus escritos tienen un trasfondo más que interesante ya que en el siglo diecisiete sus conceptos podrían haber sido tomados como herejía, algo que misteriosamente no sucedió. Y quizás eso sucediera por varios factores, el primero, que Kirk era lingüista y ayudó a escribir la Biblia en gaélico escocés, el segundo que era un miembro muy respetado del clero, y el tercero, que las propias autoridades de la iglesia en Escocia creían en las sleagh maith —la gente buena—.

Antes de que fuera publicado su libro, Robert Kirk caminó como tantas noches a la “colina de las hadas” y al otro día su cuerpo se encontró inerte sobre la hierba. Muchos aventuraron que a Kirk se lo llevaron las hadas al mundo abstruso por revelar su existencia y en su lugar dejaron un “changeling”, es decir, una copia para engañar a los humanos mortales.

Ese mito de Kirk, más los escritos donde afirmaban que las hadas existían, y que la “segunda vista” de algunas personas era un don de dios, son parte de un inmenso folclore que recorre las islas británicas desde Irlanda a Escocia con sus fairys, y continúa por Francia con las fées, hasta rusia con sus kikimoras y después va hacia Asia y cruza el charco hasta las Américas.

Pero lo importante no son las leyendas, sino la similitud de las historias narradas a través de los siglos por testigos de gran probidad que dicen haberse cruzado con las hadas, y los contactos modernos con extraterrestres, algo que aventura Jacques Vallée en su libro “Pasaporte a Magonia”. Vallée recopila decenas de historias transcriptas por folcloristas como Wentz y Katharine M. Briggs, y muchas de ellas tienen una gran similitud con testimonios de personas que tuvieron contacto con extraterrestres.

Y ahí está lo medular de la cuestión: ¿son los extraterrestres verdaderamente extraterrestres?, ¿pueden ser otra cosa más terrestre? Y lo que se relaciona directamente con este post, ¿las hadas son verdaderamente “hadas” o son otros seres de cuidado?

William Butler Yeats, el famoso dramaturgo y poeta irlandés ganador de un Nobel de literatura, narró en su libro “El crepúsculo celta” (1893), anécdotas que escuchara en su infancia de vecinos del condado de Sligo donde viviera algunos años, y que se referían a las hadas o a la “pequeña gente”. Y para estos pobladores de la campiña irlandesa las hadas tenían una gran connotación en sus vidas, ya que ellos creían no sólo padecerlas, sino que utilizaban hechizos o colocaban objetos en sus casas para que los miembros del pequeño pueblo o incluso los “diablillos”, no ingresaran a sus viviendas y comenzaran con sus travesuras de mal gusto.

Machen fue menos benévolo con sus historias de horror sobrenatural donde consideraba al “pequeño pueblo”, o al “pueblo blanco” como una especie hostil y sombría que se ocultaba en los bosques y cuevas a lo largo de las islas británicas. En “El Gran dios Pan”, “El Pueblo Blanco”, “Los Tres Impostores” y en muchos de sus relatos menciona a estas entidades extrañas y antiguas, apartándose del mito del hada gentil y buena, para transformarlo en historias de horror donde lo peor que le podía suceder a los seres humanos era intentar dilucidar el misterio de su existencia. Los personajes que se involucraban con esta “gente” siempre terminaban mal, desaparecían para no dejar rastro, eran encontrados muertos frente a una antigua estatua, o eran acechados por seres que dejaban huellas inexplicables como un hacha cuya ingeniería hacía imposible que fuera utilizada por manos humanas, o pequeñas piedras inquietantes en el frente de una casona cercana a una colina de la que se contaban historias estremecedoras.

Machen no daba tregua y nos legó una obra maravillosa en la que utilizó sus conocimientos de ocultismo y principalmente sus vivencias en Caerleon, una villa situada en Gales, donde de pequeño jugaba junto a las ruinas romanas y escuchaba historias sobre lo mal que le podía ir si se alejaba de su casa, o se adentraba en los círculos de hadas.

Tengo que reconocer que envidio un poco a Machen, ya que tuvo un camino de bajada en la literatura fantástica criándose en un entorno cargado de magia bucólica, mientras que nosotros, los que habitamos en esta parte del globo —digámoslo sinceramente, en Uruguay— no pasamos de alguna historia de lobizones, luces malas o cómo se mataba a los novillos en el frigorífico y al sacar los corazones de sus cuerpos, aún seguían latiendo.

Pero resumiendo todo lo anterior, ¿qué son las hadas? Si tantas personas creen en ellas, ¿su existencia es posible? Mi conclusión es esta: no sé si existen las hadas, o los OVNIS que ha filmado últimamente la fuerza aérea o la marina estadounidense, pero algo está sucediendo desde hace miles de años, cuando los humanos migraron desde África a Eurasia y comenzaron las historias de encuentros con entidades sobrenaturales. Porque lo importante no son las narraciones, o lo que describen los testigos, muchos de ellos honorables y respetados en sus respectivos pueblos y ciudades, sino el hecho de que algo inexplicable se cruzó en sus caminos y alteró sus vidas, y ese algo habita en lugares remotos, o se manifiesta con diferentes formas tanto en mar, cielo y tierra. Y veamos algunos ejemplos descritos por Vallée en “Pasaporte a Magonia”:

“El 18 de abril de 1961. Joe Simonton se vio atraído al exterior por un curioso ruido, parecido al que harían «unos neumáticos de cubierta rugosa sobre un pavimento húmedo». Al salir al patio de su casa, se dio de manos a boca con un objeto discoidal, plateado, «que brillaba más que si estuviese cromado», y que parecía cernerse muy cerca del suelo, pero sin tocarlo. El objeto tenía casi cuatro metros de alto por unos nueve de diámetro. Se abrió una portezuela a metro y medio del suelo, y Simonton vio a tres hombres dentro del aparato. Uno de ellos vestía un traje negro de dos piezas. Los ocupantes tenían una talla aproximada de 1.50 metros. Muy bien afeitados, en opinión de Simonton «parecían italianos», pues eran de tez morena, pelo negro y vestían trajes ajustados con cuello de cisne y gorros de punto. Uno de los hombres levantó una jarra hecha, al parecer, del mismo material que el platillo. Joe Simonton interpretó este gesto como indicación de que necesitaban agua. Tomó el jarro, entró en su casa y lo llenó. A su regreso, vio que uno de los hombres del interior del platillo estaba «friendo algo en una parrilla que no despedía llamas». El interior de la nave era negro; «tenía el color del hierro forjado». Simonton pudo ver varios tableros de instrumentos y oyó un suave zumbido, semejante al que produciría un generador. Cuando señaló la parrilla, demostrando su interés por lo que estaban tostando, uno de los hombres, que vestía también de negro, pero lucía una tirita roja a lo largo de los pantalones, le ofreció tres tortas, de unos 8 cm. de diámetro y que presentaba pequeños orificios. Toda esta curiosa escena no duró más de cinco minutos.

J. Alien Hynek, que investigó el caso junto con el comandante Robert Friend y un oficial de la Base Aérea de Sawyer, declaró: «No hay duda de que Mr. Simonton se hallaba convencido de que su contacto fue un hecho real.»”.

Y comparemos este supuesto encuentro con panaderos extraterrestres con este otro que sucedió un siglo antes: “Un norteamericano llamado Wentz, autor de una tesis sobre las tradiciones célticas en Bretaña, dedicó, en 1909, mucho tiempo a recopilar consejos populares sobre seres sobrenaturales, sus costumbres, sus contactos con los hombres, y sus alimentos. En su obra recoge la historia de Pat Feeny, un irlandés del que sólo sabemos que «llevaba una vida muy desahogada antes de la época mala», frase que sin duda se refiere al hambre de 1846-1847. Un día se presentó en su casa una mujercita, que le pidió un poco de harina de avena. Paddy tenía tan poca, que sintió vergüenza de ofrecérsela, por lo que prefirió darle algunas patatas, pero como ella quería harina de avena terminó por darle toda la que poseía. Ella le dijo que la pusiese otra vez en el cazo, que ya volvería a por ella. El así lo hizo, y a la mañana siguiente el cazo se hallaba colmado de harina. La mujer pertenecía al Pueblo”.

Como podemos apreciar, esta vez era un hada panadera. Hay decenas de testimonios de personas que tuvieron contacto con las “hadas”, muy similares a los de testigos de los famosos “encuentros cercanos” con supuestos extraterrestres. Si los ingenios voladores, enanos, monstruos marinos, alienígenas o Ricardos Arjonas eran tales, eso es imposible de dilucidar, pero la verosimilitud de muchos de los testigos, tanto personas de bien, como funcionarios públicos o militares cuyas carreras se verían truncadas de confesar tales disparates, provoca inquietud en una civilización que se tambalea bajo la asolación de pandemias y guerras interminables.

Estoy seguro de que el deber de los que escribimos es especular qué puede estar sucediendo en nuestro mundo, si una raza inteligente originada por una panspermia diferente a la que podría habernos dado origen, los restos de una civilización antigua de la categoría de Mohenjo-Daro —ya no la Atlántida cuya existencia se debe a unos escuetos escritos de Platón—, alienígenas ancestrales, o especies quirales basadas en teorías sobre vida quiral en nuestro mundo están al borde de nuestra realidad, en ese famoso mundo abstruso que mencionaba gente como Kirk, Wentz, Paracelso y el propio Yeats.

Resumiendo todo esto, nadie tiene idea qué está sucediendo, pero algo está sucediendo. Es por eso por lo que llámeseles “hadas y otros seres de cuidado”, extraterrestres o críptidos, podrían estar compartiendo el mundo con nosotros y recién ahora las autoridades de las potencias mundiales están reconociendo que “algo hay ahí, pero no sabemos qué”. Les confieso que yo tampoco tengo idea de qué se trata todo esto, pero me divierten mucho las posibilidades, aunque reconozco que no si fuera una raza de Ricardos Arjonas.

(En el próximo episodio, por qué las canciones de Ricardo Arjona pueden provocar que señoras de cuatro décadas se sientan de seis décadas o más).

© RB.