El extraño caso del profeta que no lo fue.

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Mucho se está hablando de que una novela de Dean R. Koontz, “The Eyes of Darkness”, es profética cuando se refiere a un virus llamado “Wuhan-400”, nombre de la ciudad de origen de la pandemia mundial que nos está asolando.
Hace unos cuantos años, en los ochentas, leí la traducción de esa novela llamada “Los ojos de la oscuridad”, y estaba seguro de recordar que el virus se llamaba Gorki-400, que no tenía nada que ver con el COVID-19 porque su tasa de mortandad era de un 100% y ocurría de doce a veinticuatro horas. ¿Y por qué lo recordaba? Porque en ese momento estaba planeando sacar una revista de ciencia ficción llamada Gorki-08, número que siempre consideré que iba ligado a mi persona desde que tengo uso de razón.
De todas formas, me dediqué unas horas de mi cuarentena a investigar un poco, y aquí les muestro un fragmento de la novela original que leí creo que por 1985:
“—Para comprender eso —contestó Dombey— deberé retroceder veinte meses en el tiempo. Por entonces, un científico ruso llamado Iliá Papáropov desertó a Estados Unidos, y trajo consigo un expediente en microfilme de la más importante y peligrosa nueva arma biológica soviética de la última década. Los rusos la denominaban «Gorki-400», porque la habían desarrollado en sus laboratorios de investigación del ADN, situados en las afueras de Gorki, y se trataba, además, de la cepa viable que hacía la número cuatrocientos de los organismos artificiales creados en dicho centro de investigaciones. —“Gorki-400” es un arma perfecta. Afecta sólo a los seres humanos. Ninguna otra criatura viviente puede transportarla. Y, al igual que la sífilis, “Gorki-400” no puede sobrevivir fuera de un cuerpo humano vivo más allá de un minuto, lo cual significa que no puede contaminar de manera permanente objetos o lugares completos, como sucede con el ántrax u otras bacterias virulentas. Y cuando el huésped muere, el “Gorki-400” perece con él escaso tiempo después, en cuanto la temperatura del cadáver desciende por debajo de los treinta grados. ¿Comprende las ventajas de todo esto?”
Como pudieron leer, el virus se llamaba Gorki-400, provenía de la Unión Soviética —la novela fue escrita originalmente en 1981 y ni los más avezados futurólogos podían imaginar que la URSS se derrumbaría en el 89— y su reedición, coincidentemente fue en 1989, por lo que seguramente Koontz adaptó el libro a los nuevos mapas políticos y se decidió por cambiar a la extinta URSS por China y al científico ruso por uno chino. Y que el virus en la reedición se llamara Wuhan-400, debe ser porque desde 1956 existe el Instituto de Virología de Wuhan y Koontz se debe haber informado con prensa, o algún dato que leyó sobre China y ese instituto de virología en particular.
Cabe aclarar que en los miles de libros que se han escrito sobre pandemias mundiales, incluidos los de virus zombi, se han utilizado tantas ciudades que en algún momento tenían que embocar una donde se originara una pandemia, en este caso, Wuhan. Pero el virus de Koontz no tiene nada que ver, es todo lo contrario al COVID-19, ya que el primero tiene una mortalidad del 100%, el segundo de 4%, el primero desaparece del ambiente en el momento que muere la víctima humana y el segundo, llega a estar hasta tres días y su tasa de contagio extremadamente alta, lo sitúa en una posición completamente diferente a casi todo lo que conocemos, en lo que respecta a “gripes”, y digo “gripes” porque el sarampión o el ébola, entre otros, también tienen una tasa de contagio altísima.
Por ejemplo, existe un factor tomado en cuenta en lo que respecta a la tasa de contagio llamado R0. Para que tengan una idea aproximada de lo que significa, el R0 del SARS de 2003 tuvo una tasa de contagio de 2.75 y el COVID-19, según los científicos de la Academia de Ciencias de China, es del 4.08.
En resumen, hay varios factores que no permiten considerar que el libro de Koontz sea profético, el primero, que en la novela original el virus se llamaba Gorki-400, era artificial —por ahora con el coronavirus se sostiene que es de origen animal—, no se transmitía por animales, tenía una tasa de mortandad del 100%, prácticamente extinguía una ciudad en horas, no dejaba casi residuos y moría en el propio cuerpo humano infectado cuando este bajaba de 30º, o sea, al morir el infectado, moría el virus.
Pero bueno, como en la reedición apareció Wuhan-400 y China, en lugar de una URSS que se desintegraba como un castillo de arena, el pobre, o afortunado en lo que respecta a royalties, Dean R. Koontz se acaba de transformar en Nostradamus y los medios sensacionalistas, escriben cientos de diatribas con esta información errónea.
Esperemos que los periodistas oficialistas de cada país investiguen más y digan menos, o que al menos no distorsionen la información ocultando los datos que no convienen a los gobiernos de turno.
COVID-19 no es un virus de 100% de mortandad, pero mata gente, mata niños, adolescentes, padres, madres, y abuelos. Por más que los porcentajes de cada sector de edad sean diferentes, existen casos de muertes de miembros de franjas etarias que se consideran menos proclives a terminar en un CTI (o UCI) y a posteriori, posiblemente en un ataúd.
Pero este no es el caso del Gorki-Wuhan-400 y esos datos solamente responden a mejorar las ventas de un producto, o a un revival como en el caso del filme de 2011 “Contagio”, de Soderbergh, más aproximado al COVID-19 que el Gorki-400, pero nada profético, sino basado en el SARS del 2003 y la pandemia del H1N1 de 2009.
Así que para los articulistas que quieran decir que “Contagio” es profético, no lo es porque se basa en pandemias anteriores a la escritura del guion de Scott Z. Burns, el que confesó que tuvo el asesoramiento de científicos e incluso, de uno que había visitado China cuando sucedió uno de los famosos SARS.