Chippo’s Diary 03
17 septiembre, 2021

Chippo’s Diary 04

De premios y libaciones
Día 19 de un crepúsculo esperanzador.

 

— ¡Albricias! — Exclamé cuando me llegó la notificación de los progenitores del Premio “El Fátima” de la P3 —Poesía, Prosa y Pomposidad—. Al parecer, mis escritos en revistas de esa excelsa rama del arte sobre mi portentoso “Súcubus Mefistofae”, estaban nominados con otras historias, escritos de leguleyos y poemas de autores quizás menos talentosos que yo, pero no por eso menos dignos.

Salí de mi cubil y me senté en un evacuatorio que utilizaba como silla —tenía tapa, no me tilden de bizarro— en el fondo que daba a la pequeña laguna y que en este momento por haber sequía, estaba anegada en su fondo por un légamo mohoso y pútrido. Spinfo se revolcaba entre la inmundicia y por eso se hizo merecedor de que le atizara con un fragmento pétreo que sobresalía del suelo. Debido a mi acto huyó gimiendo con “Aiees” y “Kaiees” pero solamente unos pocos metros ya que la cadena lo unía a mi frontera física y por eso e indefectiblemente, también a mi destino. Spinfo me hubiera mirado con odio si no fuera porque era una cosa apenas animada con las taras y limitaciones que poseía una bestezuela de su calaña.

—Oh, vil podenco, excrecencia pútrida surgida de las úlceras purulentas de Ubbo Sathla, por esa infame mirada cargada de hieráticas connotaciones… ¡hoy te quedarás sin ágape! — le grité y ya aproveché su acto de virtual traición a su amado soberano, para justificar que no tenía nada para darle de comer. Obviando el gesto manipulador del rastrero podenco, volví al meollo de mis problemas. Si quería asistir a esa fastuosa ceremonia debía engalanarme adecuadamente y eso en este momento, me era imposible ya que la ineluctable pobreza, inspiradora y amante de todos los verdaderos artistas, me había aislado de la gente de tal clase.

En el sobre dónde manos ceremoniosas introdujeran la misiva de nominación, había entradas para ingresar a las instalaciones donde se otorgaban los premios “El Fátima”, pero con ellas no venían tickets para comprarme indumentaria lechuguina, como era de esperar.

Estaba devastado ante la terrible e insospechada revelación, ya que la seguridad del galardón me transmutó en un elemento más de la prosapia de grandes celebridades, en una lumbrera que comprendía que debía mostrar una presencia sublime, dadivosa, moderna y acorde al nivel de los presentes.

— Oh, Chippo… parece que te has elevado, que el seguro trofeo te ha vuelto un ser epicúreo, un hedonista del buen gusto, orgulloso y procaz… —declamé frente al espejo astillado que me transformaba en cien rapsodas idénticos.

Apoyé el dorso de mi mano en la frente, teatralmente. Es que un artista se debe al público tanto sea este real, como imaginario.

—Debo conseguir una dama que financie mi vestimenta, que con su mecenazgo me “amadrine”—, pensé, dándome cuenta de que había pasado de ser un gorrón de señoras, a un artista buscando patrocinio lo cual me situaba obviamente, en un estamento superior.

Me erguí de mi poltrona y me di cuenta de que debía atravesar las escalas necesarias para conseguir mi meta.

Me puse mis mejores galas, vaquero raído, chaleco de cuero y botas que usaba desde hacía unos quince años ininterrumpidamente —incluso dormía con ellas—, y cuando partía hacia el conglomerado de comercios al que llamaban shopping, el vil podenco Spinfo estaba en su extremo de la soga mirándome como lo haría el morrongo de ese ogro aceitunado de la animación… y el vil monstruo sabía que eso me vulneraba, por lo que tuve que ingresar nuevamente a mi habitáculo, rascar en los platos de la arcaica heladera General Electric hasta lograr una masa maloliente, pero no por eso menos nutritiva con lo que alimentarlo, y obviamente, privarme de mi próxima pitanza, fuera esta cena, desayuno, almuerzo o merienda.

Dejando al cánido tragoneando el dudoso manjar, partí persiguiendo las marcas entre las chabolas para no ser atacado por la chusma que patrullaba las inmediaciones, en busca de incautos despistados para desnudar y en algunos casos limitados, vejar.

De todas formas, a mí me conocían y me respetaban, no solamente por mis habilidades sicalípticas, sino por mi encantadora personalidad. Ya ni hablar de mi arte porque ninguno de los avizorantes sabía leer o siquiera, entender una simple caricatura bidimensional.

Después de viajar durante una hora y media en un autocar pletórico de vulgo que hedía a perfumes antinaturales, sudando como cabras que trepan por un promontorio peñascoso, llegué al shopping, ingresando por la entrada principal a pesar de la mirada torcida de dos cancerberos que no vislumbraban, desde su prosaica mente subalterna, que alguien con mi vestimenta al fin y al cabo era un genio de las letras y que estaba muy por encima de su nimia capacidad cognoscitiva. “Eppur si muove”, hubiera dicho Galileo, y pasé entre sus cuerpos carentes de corpulencia. Después fui hasta la escalera mecánica, una de las tres que había en el shopping y me prendí de ella cual esbelto chico probando sus poderes bisoños. Cuando llegué a la cúspide, divisé el área donde establecería mi coto de caza, “Las Salsitas”, un lugar donde asistían beldades de una escuálida delgadez, pero con tarjetas de crédito abultadas y prontas para ayudar a la trascendencia de un servidor… “Yo, Chippo”, me dije parafraseando a ese escritor británico de poca monta, un tal Roberto o Jorgito Graves algo…

Establecí mi peana en una mesa central desde la que podía avizorar a mis presas y ellas a mí, claro. Se acercó una joven beldad de mirada solícita y yo pedí una docena de panchitos. Sé que ella hubiera sucumbido a mis encantos insondables, a mi sensualidad desbordante, diría un obeso profesor de labios abultados que conociera en un pasado remoto, pero ella no estaba en mi ojo avizor, al menos en esa coyuntura. En menos de un minuto recibí la fuente con el manjar dionisíaco y le sonreí. En mis bolsillos no tenía siquiera una moneda del más exiguo valor, pero su Chippo, mis Venus Paleolíticas, no se iba a amilanar por algo tan nimio, más cuando el fin justificaría los medios.

Mientras me comía pancho tras pancho, con cuatro salsas, por eso el axiomático nombre de “Las Salsitas”, me transmuté en un tigre avizorando en la maleza de la lejana Birmania, acechando agazapado detrás de mis panchitos con cuatro salsas… detrás de mi cerveza de raíz que era libada lentamente por mí, jugando con los impulsos más primarios de las hembras de mi especie. Y de pronto localicé a mis bellas ciervas sambar, mis presas, mi alimento y mi pasaje al éxito. Eran tres y todas llevaban bolsas de Zarna. Como dijera ese muchacho dadivoso y un poquito singular del aviso publicitario del curso de inglés “¡Éxito!”, y empecé a jugar con mis portentos que la naturaleza me había brindado quizás por mi infancia cruel y les voy a explicar el porqué de esto último…

Cuando niño, era bello, no como ahora que tengo una belleza tan sutil que se esboza apenas en mi rostro surrealista, sino, mortalmente bello, como un querube. Era blondo, tenía los ojos de un azulino oceánico, la piel tersa como la porcelana y mi nariz era una muestra de que la perfección existe. Fuera de eso, yo tenía… algunas inclinaciones non sanctas… por ejemplo, sentía una curiosidad muy morbosa por los gallináceos. Mi padre criaba gallináceos en el fondo de nuestra casa y vivíamos de la venta de sus excrecencias a las que llaman, en latín, ovums. Mi padre bebía mucho y podía pagarse ese vicio vendiendo ovums. Por eso tomaba su pequeña bicicleta de niña de color rosa con ruedecillas en los costados—no teníamos dinero para comprar algo menos indigno— y partía todas las mañanas hacia las ferias de la zona. Siempre recordaba en mi cama, el sonido chirriante de las ruedecillas de la bicicleta de mi progenitor y por eso, cuando percibo un sonido parecido, siento horror, el horror más abyecto y malsano, el horror más innombrable y cósmico. Porque un día a mi procreador lo detuvieron los funcionarios de la gobernatura de la ciudad porque sus ovums tenían algo infame en su interior. ADN humano. ¡MI ADN! Cuando mi padre retornó, retirado su permiso para vender e incautadas todas sus aves de corral por una organización no gubernamental que protegía la dignidad intelectual y moral de los gallináceos, sentí el sonido de las ruedecillas, pero no era el sonido lento y pausado de mi engendrador cuando se alejaba hacia la feria con sus cajones de ovums… era otro, un sonido hostil, un sonido ominoso y armígero, un sonido que presagiaba una tormenta tan oscura, una tempestad tan sobrecogedora, que todavía recuerdo en mis remembranzas la sensación de ajenidad antes de que él pateara la puerta, entrara a mi cuarto y después de increparme por ultrajar a los gallinas y meter mi simiente en ellas, simiente que terminó de alguna forma ignota, impregnando los huevos que mi padre vendía, demolió mi apolíneo semblante a coces y remoquetes. No sé si estaba ebrio, no sé si solamente quería pegarme así por envidar mi belleza masculina, de no entender que un macho de la especie, un cachorro, pudiera ser tan bello, no como él cuyo rostro era antropoideo, casi se podría decir que mandrilesco, o si directamente veía que sus posibilidades de obtener alcohol se hacían más remotas por mis acciones según él, heréticas. Cuando desperté del coma, seis meses después, estaba como estoy ahora, con este rostro conceptualmente bello, casi abstractamente bello, pero no angelical. Mi padre me había bajado del cielo para introducirme a coces y remoquetes en el averno más abyecto, me había llevado con diez patadas en la cara a través del río Aqueronte sin que necesitara la moneda para pagarle al sombrío Caronte, que quizás huyera chillando como zarigüeya al ver mi rostro desfigurado que un cirujano de Germania llamado Yosef Mongolo, que se escondía en la villa de algún mal exterior, reconstruyó con gran paciencia y sensibilidad artística. De John, mi padre nunca más supe. Me dejó la ruinosa casa, el gallinero vacío y algunos ovums que no quise comer por motivos más que obvios.

Pero volviendo a nuestro relato, una de las tres mujeres, la que más bolsos tenía y era más delgada y más digamos… chic, si la palabra no está demodé, me observaba con intensidad. Quizás mi constante acomodo levantándome para que ella entreviera mis bondades púbicas, o mi expresión de una profundidad intelectual sobrecogedora, la habían subyugado.

Ella me hizo un gesto señalando la salida del lugar y dejó los paquetes y las bolsas junto a sus amigas, que rieron candorosamente. Salió caminando como una modelo gala, con zancadas firmes, sus piernas largas marcando su paso, mi paso… nuestro paso. Y la tomé en el baño, bajo la mirada asombrada de la señora rolliza y oscura como asfalto agredido por la luz solar, bajo las luces que daban a todo un tinte irreal, demasiado intenso para ser romántico, pero lo suficientemente luminiscente para provocar en su cuerpo, los estertores del placer que provocaba el azote de mi viril obelisco cárnico.

Y funcionó. Mi plan increíble, temerario, cual Operación Valkiria, había llegado a buen puerto y a la media hora Nadine Mandark, la hija del dueño de un imperio de telas y ropa, que me contó que traía “señoras pobres” de otros países para hacerlas trabajar por prácticamente monedas, me estaba vistiendo de pies a cabeza con los atavíos más fastuosos para que asistiera a la entrega de mi premio, del premio bien merecido por mi obra fantástica, por mi personaje de Súcubus Mefistofae, un perico, un brioso nauta y un genio…

Nadine me dejó en la entrada de la villa donde habitaba. No quise que siguiera adelante porque ¿saben?, ella había hecho un gran acto por el arte, ella había transformado a un servidor en el prototipo de un artista, en la imagen icónica de esa gran disciplina que es la poesía. Antes de partir la llené de néctares y mieles. Se fue llorando de bonanza, con su abertura mágica, con esa puerta que las beldades femeninas poseen para placer y fantasías masculinas, para la sensación de dominio y fuerza, goteando jugos rojos, marrones y blancos… Y la metáfora fue que de ella surgieron mil colores que bañaron como sus empresas de telas y ropa femenina, toda una generación de bellezas tristes, de hermosuras mal atendidas por maridos obesos, execrables y pedestres que sólo se brindaban a los placeres del dinero, a los dioses del poder y al dominio sobre las pobres almas que nacieron menos afortunadas. Pero hice mi parte. Antes de que ella partiera, la hinqué de rodillas y la hice lamer mi gigantesco menhir. Mientras llenaba su boca nuevamente con mi elixir y viendo sus ojos hipnotizados por el placer le ordené amablemente:

—Nadine… libera a esas señoras de los pueblos originarios que atrajiste con tus encantos brujeriles de otras tierras allende el río, libéralas y dales dinero para que tengan una buena vida… hazlo por mí, primor, hazlo porque el destino así lo quiere… y yo también… — y le sonreí iluminando su rostro delgado con mi magia sublime.

Y ella asintió.

La vi alejarse en su coche inasequible hacia su elíseo, mientras me daba la vuelta y regresaba a mi casa.

Spinfo el mefítico podenco me recibió alegre, saltando en su cuerda como un minúsculo cuadrumano y no era para menos: en los bolsillos de mi chaleco tenía varios restos de panchitos con cuatro salsas que le guardara para él.

—¿Pillín, creías que me olvidaría de ti? —le dije, mientras el vil podenco brincaba y rebotaba gimiendo mientras sus ojos giraban como peonzas descontroladas. Entré en mi habitáculo y vestido, me amodorré sobre el camastro. De la entrega de mi galardón, ya les hablaré otro día porque ahora estoy exhausto. Mis huesos innobles deben reposar para empezar otra jornada de glorias y aventuras.

Minúsculos ósculos, mis bellas prosélitas, y la más grande de la ventura para todas y cuidado, no sean impacientes que yo en cualquier momento estaré narrando otra de mis maravillosas historias de vida para su gozo y regocijo.

Nihaya