Las profecías del fin del mundo

Las profecías del fin del mundo

Relato: «Viejos»

Todas las noches me despierto en una ciudad pequeña, rodeada por muros de más de cien metros de altura. Los edificios son bastante altos, pero no llegan al borde de esa maqueta de muralla de Adriano.

Mi problema no es el encierro ni la soledad, sino los viejos. Porque en ese lugar todos son viejos y me odian. Yo no tengo nada que ver con ellos. Soy viejo también, pero por fuera, y eso no me lo perdonan.

Cada vez que camino por la ciudad de un millón de metros cuadrados, donde el cincuenta por ciento de la superficie está ocupado por plazas, busco la forma de salir de allí. Y cada día aparece un viejo con una gabardina gris, lentes con cristales verdosos de un centímetro de espesor y un sombrero bombín ajado, diciéndome:

—Sos un viejo hijo de puta y una mala persona.

Cuando trato de increparlo por el motivo de su insulto, se aleja chillando:

—¡Yo no dije nada! ¡Yo no lo conozco! ¡Déjeme en paz!

Cuando sigo mi camino, vuelve a la carga sin mirarme y gruñendo:

—Sos un viejo hijo de puta y una mala persona…

Así una y otra vez, hasta que salgo de su territorio de influencia.

Cambia mi escenografía. Hay una vieja decrépita, con un peinado a lo Marilyn y una solera blanca con flores rosas, que me susurra:

—Yo no me voy a acostar contigo, viejo feo. No te ilusiones.

Asqueado por la imagen que la anciana plasmó en mi mente, le respondo:

—¡Está loca! ¡Yo no quiero acostarme con usted! ¡No me gustan las viejas!

La vieja sonríe intentando ser seductora y sus dientes postizos tabletean dentro de la boca, mientras continúa con su negativa sin sentido:

—Por más que insistas, no me voy a acostar contigo, porque sos un viejo feo, malo y amargo… ¡y triste! —grita eso último mientras los dientes saltan de su boca e impactan en mi rostro, dejando una humedad hedionda que no me puedo sacar ni restregándome varios segundos con la manga de mi campera.

Me escapo de ella sabiendo que va a susurrarme lo mismo, una y otra vez, todos los días que me quedan de mi puta vida.

—¡Chau, Marilyn Morrón! —le gruño estérilmente, y ella hace un gesto insinuante con su peluca corrida y su vestido traslúcido, que insinúa una especie de gigantesca bombacha que además usa de sujetador porque tiene las tetas demasiado caídas.

De pronto estoy sentado en una mesa, en un bar, y hay varios viejos a mi alrededor.

—¿Eres escritor? ¿A que no escribís algo ahora mismo? Mentiroso… —me increpa un viejo de ochenta años que tiene la cabeza calva llena de manchas, rematada con una coleta fabricada con los restos de su último mechón de pelo grasiento. Parece un puercoespín recién nacido.

—Yo no tengo nada que demostrarle —le respondo.

Él me extiende una lapicera y un cuaderno sucio, manchado y lleno de tabaco suelto que cae como una nevada cuando lo sacude hacia mí, e insiste:

—Si fueras tan buen escritor como pregonás a los cuatro vientos —algo que jamás hice—, escribirías ahora mismo aquí, porque eso hacen los escritores: escriben algo ya mismo cuando se los ordena. Porque para eso están, para entretenernos.

Lo rechazo. Odio el tabaco; me da asco el olor. Tocarlo me provoca náuseas, y el viejo sigue sacudiendo el puto cuaderno. El tabaco vuela hacia todas partes, y la lapicera tiene manchas marrones, como si el viejo se la metiera en el culo para rascarse por dentro cuando le pican las hemorroides.

—No voy a agarrar tu cuaderno, tu puta lapicera… y dejame en paz. No voy a escribir para entretenerte, no me interesa.

El viejo sonríe socarronamente y empieza a escribir en el cuaderno mugriento. Saca la lengua para el costado, emite gemidos entrecortados y, en cinco o seis minutos, se levanta triunfante y dice, mientras pequeños hilos de baba saltan de su boca detrás de la nube de tabaco apestoso, como en una carrera de lo grotesco:

—¡Yo sí escribí! ¡Soy un escritor! No como este viejo fracasado —y alza su barbilla hacia el cielo en un gesto triunfal que lo hace parecer una parodia de Mussolini, que ya de por sí era una parodia de Hitler.

El resto de los viejos aplaude y festeja, pidiendo al mozo —que es otro viejo— una botella de caña barata para conmemorar su gloria efímera.

Me alejo nuevamente por la plaza, y otra vez se acerca el viejo del sombrero y me dice:

—Sos un viejo hijo de puta y una mala persona…

Intento caminar más rápido, pero mi cuerpo viejo no puede. Se me doblan las rodillas, me duele la espalda, los riñones, y llego a lo que debe ser mi casa: un lugar pequeño, rodeado de viviendas igual de pequeñas, con viejos sentados en la puerta que me miran con desprecio y murmuran:

—El escritor… ¡Ja! ¿Quién se creerá este? Miralo al pendejo.

O la vieja vestida de la Monroe, que me hace muecas y susurra entre gemidos agudos que intentan semejar una risa sensual de una chica cien años menor que ella:

—¡Ha! ¡ha! ¡háaaa! —y los dientes postizos se le mueven en la boca, como tratando de escapar de su aliento apestoso a cripta inmemorial.

Me despierto y salto de la cama para no volver a dormir y entrar nuevamente en ese infierno.

Me doy cuenta de que la vejez me está comenzando a visitar. Me duelen la espalda y las rodillas, y en mis oídos todavía resuena la risita de la vieja, el castañeteo de sus dientes postizos, la frase del viejo de la plaza… y se me parte la cabeza solo de pensar que, cuando me venza el sueño, ese mundo me va a engullir nuevamente cada noche del resto de mi vida.

—Sos un viejo hijo de puta y una mala persona…

Y todavía no entiendo por qué el vejestorio me lo dijo y, principalmente, por qué mi puta mente me castiga con cosas así.

© RB.