ALTAVOZ CULTURAL
Roberto Bayeto en Altavoz Cultural.
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Escucha Gévaudan en Ivoox
Escucha “Gévaudan” en ivoox
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Reseña a “Gévaudan” por Altavoz Cultural

Reseña Gévaudan
  • El maestro Bayeto ha vuelto a fascinar, a destrozar el baremo, a ser el Messi de los cuentistas, el hechicero, el brujo de Transfórmate o muere. Se ha sacado de la manga un relato que nada tiene de sencillo, azaroso o simplista: todo lo contrario, estamos ante una extraordinaria fuente de conocimientos liberada sobre el lienzo escritural. Bien podría ser Bayeto el sabio Simenon, ese singular, soberanamente docto y entrañable asesor literario que ampara la detectivesca labor de la intrépida, -no tan- incrédula y desde luego muy carismática capitana Maigret por tierras galas.

    La densa base de aprendizaje que nos alimenta el cerebro es una de las grandes armas de creación masiva de la que consideramos que es la historia cumbre -subjetivamente favorita a estos ojos que escriben- de la antología licántropa. Ineludiblemente pegada su calidad al binomio protagónico más estratosférico de cuantos transitan estas páginas, en Gévaudan cabe todo: su dinamismo, su gracia natural, su magistral enlace de escenas, su bien cocinada estructura -capítulos de una micronovela- y su alta cualidad descriptiva componen las líneas vectoras de una propuesta fabulosa, envuelta en el mejor vestuario detectivesco que hayamos podido apreciar en mucho tiempo.

    En efecto, Astrid y su parlanchín acompañante son el dúo de moda, una extrañísima versión de Holmes y Watson, una piel desbloqueable para aquellos Riaza y Tayllon que nos maravillaron en Bajo esquirlas de hielo, de Sheila Carnero. Pero son las principales piezas de un armazón que no flaquea en lo más mínimo, con secundarios de lujo, diálogos geniales -desde el discurso hasta la mueca-, eventos corrosivos y horribles, además de muy sabrosas pizcas de experimentalismo metaliterario.

    Los créditos finales deseamos que sean para la honestidad de Bayeto: abrazamos cálidamente su mantenimiento de coherencia, su verosímil equilibrio, su buen gusto por el sendero más cercano a lo que le pedía la obra -y el lector, servidor, aquí presente- y que no era otra cosa que evitar la tentación de la pomposidad, la sorpresa tramposa, los fuegos artificiales gratuitos y destartalados que hubieran mancillado -imperdonablemente- un cuento único e impresionante. Es, así, su última etapa el perfecto término dorado y uno de los mejores remates gracias a la pseudocaperucita y los plateados proyectiles. Larga vida a Gévaudan y su leyenda. Eternidad para usted, don Roberto.

    Altavoz Cultural
    https://altavozcultural.com/

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